domingo, 17 de noviembre de 2013

Duele leer la causa de la muerte del gran amigo Luis Ovalles, a quien conocía desde 1976:" Don Luis calló y entró en una depresión de la cual se dieron cuenta cuando sufrió una descompensación por la que debieron operarlo. Estando hospitalizado le mandaron a decir que no podía volver a la Casa Páez porque la iban a fumigar. Han pasado cuatro meses y el museo continúa cerrado. Después obligaron a su hijo Nixon a que sacara las pertenencias de toda su vida. Entró en un silencio sin quejarse del sufrimiento que destruía su alma. El viernes sus restos fueron cremados sin que antes se permitiera abrir la Casa que fue su mundo para que lo despidiéramos. Esta es la verdad de lo sucedido. Otra versión no es posible.(Alfredo Fermín, "Hoy y después en Valencia IN: El Carabobeño 17-11-2013)" Inmediatamente vino a mi memoria la muerte de la Dra. Henriqueta Peñalver Gómez, luego que le quitaran sin derecho a réplica el Museo de Antropología e Historia del Estado Carabobo en el parque Recreacional Sur, donde podia visitarse desde la fundación de dicho Parque, por orden de la "Fundación para la Cultura de la Alcaldía de Valencia" en el año 2000 para colocar la Flor de Hannover de Fruto Vivas en su terreno, no sin antes guardar en cajas parte de la valiosa colección que dicho Museo exponía, cajas arrumadas hoy quién sabe dónde y sin haberse cumplido ninguna de las promesas que se ventilaron y justificaron el vandálico acto municipal. Esa arbitraria orden y acción, nadie la comentó, sino la hija la Dra. Carmen Del Valle y la nieta Claudia Salazar Del Valle de la Dra. Peñalver levantaron su voz, que cayó en oidos sordos de la colectividad valenciana, que ahora ve aterrada como un hombre puede morir por la depresión que una orden de cualquiera de las autoridades regionales emita "porque me da la gana", pasando asi a la historia de Carabobo la Dra. Henriqueta Peñalver y Don Luis Ovalles, dos mártires más de la arbitrariedad gubernamental de turno que se crea eterna, víctimas de "un silencio sin quejarse del sufrimiento que destruía su alma".



El Carabobeño 17 noviembre 2013

Hoy y Después en Valencia

Alfredo Fermín
afermin@el-carabobeno.com
Valencia no solo está perdiendo sus monumentos, también sus mejores hijos se están marchando a la eternidad, como si no soportaran el desamparo en que se encuentra esta ciudad, odiada por la herencia de un gobernante que la quiso satanizar llamándola “nido de traidores”. Su pecado es haber tenido la valentía en 1830 de reunir un congreso constituyente que le dio a Venezuela su primera Constitución para que se convirtiera en república soberana e independiente, como lo asentaron los padres libertadores en el Acta de la Independencia de 1811. 
De acuerdo con la política de Estado que tiene el Gobierno nacional para desacreditar a Valencia, el único alcalde corrupto preso en el país es el de aquí. Aquí fue saqueado el único almacén después de que el señor Maduro dio órdenes de no dejar nada en los estantes para dar inicio al estado de conmoción que está creando con la finalidad de suspender las elecciones municipales. Ahora resulta que el único comerciante usurero que existe en Venezuela es Miguel Cocchiola, amenazado por Maduro con ponerlo preso. Pero la razón no es para combatir la corrupción sino porque este señor aspira, con buenos pronósticos, a la Alcaldía de Valencia, una de las más apetecidas por quienes desde, el Poder Legislativo, dictan cátedras de moralidad y de honestidad teniendo abiertos expedientes por riqueza súbita. 
En las municipales de 2008 sucedió algo parecido con Abdalá Makled, a quien el Gobierno le permitió negocios fabulosos hasta que se le metió en la cabeza que quería ser alcalde de Valencia, gusto que se iba a dar regalando neveras, televisores y lavadoras en el sur. Entonces fue cuando se dieron cuenta de que el señor Makled dirigía una banda de narcotraficantes y que tenía una inmensa fortuna lograda con las concesiones dadas por sus amigos revolucionarios. Lo persiguieron, lo extraditaron, lo tienen preso y arruinaron a su familia. Y de eso no se volvió a hablar más. 
Por estas circunstancias no sería extraño que, en menos de lo que canta un gallo, le levanten un expediente al candidato Miguel Cocchiola para quitarle la inmunidad como diputado de la Asamblea Nacional y lo priven de sus derechos políticos para que no sea alcalde de Valencia como podría suceder. De lo contrario, el derrotado no sería el candidato oficialista Miguel Flores sino el Gobierno nacional, que tiene al estado Carabobo como un territorio recuperado. 
En Valencia puede ocurrir cualquier cosa porque esta ciudad ha perdido a sus dirigentes, a sus líderes. A los que pueden serlo les gusta que otros digan lo que ellos piensan para no meterse en problemas con el que está en el poder. Pasa como en París, cuando Hitler invadió la ciudad. Muchos fueron sus colaboracionistas y cuando se acabó la II Guerra Mundial querían que los declararan héroes nacionales, pero la historia no perdona. Además, Valencia es muy pequeña y todos nos conocemos. Ser político es una cosa y pusilánime otra. Ya llegará el día de llamar al pan, pan y al vino, vino. En las dos últimos fines de semana pedimos, con la mayor decencia y criterio democrático, al gobernador Francisco Ameliach que, como primera autoridad del estado, informe en qué situación se encuentra la colección de Arte Venezolano del Ateneo de Valencia, de inmenso valor artístico, cultural y económico. 
No nos sorprende que esa solicitud no haya tenido respuesta, porque la hicimos para demostrar que estamos en un Gobierno en el que los derechos de los ciudadanos no son lo importante. Lo que nos deja perplejos es que nadie se haya hecho eco de esa preocupación por un patrimonio que debe constituir un orgullo porque fue construido por generaciones de valencianos que creían en el arte, en la cultura, para dejarlos a las generaciones que vendrían. Esto no es nuevo, cuando en uno de los gobiernos de Acción Democrática destruyeron la sede del Concejo Municipal y el interior del Teatro Municipal tampoco dijeron nada, hasta nombraron una comisión para que dijera que lo que había hecho el entonces presidente del Concejo Municipal estaba bien, porque había que dar paso al progreso. 
Por la restauración del Teatro Municipal libramos, en solitario, una campaña hasta que llegó Argenis Ecarri a la alcaldía y ordenó que el Teatro volviese a su estructura original. Fue entonces cuando los mismos que permanecieron callados se dieron cuenta de que lo que habían hecho unos albañiles que se hicieron pasar por ingenieros y arquitectos fue la destrucción de una obra de arte diseñada y realizada por el arquitecto Antonio Malaussena. Se descubrió luego que la obra fue una fuente de corrupción porque cuando los partidos políticos necesitaban recursos para sus campañas aprobaban en la Asamblea Legislativa gordas partidas destinadas a rescatar el Teatro. Así pasaron diez largos años. Todavía andan por allí muchos de los que participaron en aquella piñata. Nos hemos convertido en una sociedad de indolentes. Hay gente que se ha molestado porque hemos escrito que el fallecimiento de don Luis Ovalles se debió a que lo sacaron de la Casa Páez como no se hace ni con los invasores. No hemos afirmado eso, pero estoy seguro de que la forma como fue tratado y la presión que le hicieron para que se fuera de allí agravaron su padecimiento de diabetes y generaron un cuadro depresivo que lo consumió. 
Luis Ovalles fue comisionado por María Clemencia Camarán de Aude, presidenta de la Sociedad Bolivariana, para que cuidara la casa del general José Antonio Páez cuando era un adolescente. Esa casona, residencia del primer presidente constitucional de Venezuela, José Antonio Páez, en 1830, fue conservada como un verdadero museo y convertida en un centro cultural del primer orden. Allí se celebraban las grandes efemérides nacionales, el Día de Valencia, el onomástico del Libertador el 28 de octubre, y el primer domingo de Adviento, cuando se inicia el tiempo de espera de la Navidad, con una chocolatada que reunía a la gente de Valencia de todos los tiempos. Atendía una surtida biblioteca con temas históricos y sobre Valencia; guiaba a los visitantes y a los estudiantes para realizar sus trabajos de historia de Venezuela. Sin devengar sueldo por ese trabajo pasó allí casi toda su vida, en un anexo construido por el gobernador del estado don Pancho Melet para residencia del guardián de la casona. El espacio está separado por lo cual su presencia no quitaba al inmueble su carácter museístico. El cuido era esmerado y para impedir la presencia de ratas y ratones tenía una gata cazadora que volaba hasta alcanzar insectos. 
Cuando menos lo esperaba, el procurador del estado dio instrucciones para que se fuera de allí, no sin antes hacerle una investigación a su patrimonio. Lo primero que hicieron fue enviar a una presunta especialista en museos que sacó sus pertenencias de la oficina. Don Luis calló y entró en una depresión de la cual se dieron cuenta cuando sufrió una descompensación por la que debieron operarlo. Estando hospitalizado le mandaron a decir que no podía volver a la Casa Páez porque la iban a fumigar. Han pasado cuatro meses y el museo continúa cerrado. Después obligaron a su hijo Nixon a que sacara las pertenencias de toda su vida. Entró en un silencio sin quejarse del sufrimiento que destruía su alma. El viernes sus restos fueron cremados sin que antes se permitiera abrir la Casa que fue su mundo para que lo despidiéramos. Esta es la verdad de lo sucedido. Otra versión no es posible.

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