lunes, 23 de diciembre de 2013

Un día de agosto de este año, alguien cavó en el piso de un caserón en remodelación, en Coroy encontró un tesoro incrustado en la tierra.


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Un día de agosto de este año, alguien cavó en el piso de un caserón en remodelación, en Coroy encontró un tesoro incrustado en la tierra.
Era unamikve o baño judío, que había sido instalado en la antigua casa de la familia Senior, donde funcionaba el Museo Alberto Henríquez, sujeta a trabajos de refacción por la Gobernación de Falcón.
Es poco lo que se ha sabido del precioso hallazgo, pero la solitaria nota de prensa oficial que reportó el descubrimiento dice que se trata de una estructura que data de 1774, año en que la familia Senior adquirió la vivienda.
La mikve es, básicamente, un estanque profundo hasta completar la altura de una persona adulta, dotado de escalones por donde desciende el usuario. En realidad, deberíamos decir la usuaria puesto que la mikve es usada, sobre todo, por las mujeres para su baño ritual de purificación al séptimo después de la menstruación. No puede llenase con agua estancada, sino que debe ser agua corriente.
La escueta gacetilla establece que la mikve de Coro no solo es “la única de su tipo excavada en Venezuela, sino probablemente en el continente americano”. Dice también que únicamente “se han encontrado tres en Europa y ahora esta en el Falcón”. Como no se precisa cuál es la especificidad de la mikve recién encontrada, no entendemos muy bien cuál es su singularidad, puesto que evidentemente hay mikves en todas partes del mundo.
Lo que sí sabemos es que contaba con dispositivos para almacenar agua pura que no fuese tocada ni recolectada por diligencia humana, probablemente agua de lluvia, y que no se filtrara hacia el suelo.
Ya hacia el final del despacho periodístico se comenta, casi al pasar, que en el sondeo “se encontró también cerámica indígena que data de entre 300 y 1000 años después de Cristo, cerámica colonial, un centavo de 1876, piezas dentales de seres humanos, restos culturales y óseos, entre otros”. Esto revela que la casa Senior fue levantada sobre un asentamiento indígena prehispánico.
El descubrimiento se produce en los tiempos en que la comunidad judía venezolana ha mermado en número, por un conjunto de motivos entre los que destaca el antisemitismo del régimen que ha gobernado en Venezuela en los últimos 15 años. Un periodo, además, en el que los controles de la economía y la persecución a los sectores privados han ahuyentado a todo el que pueda irse.
Pero ese no es el punto. Lo fundamental es comprender qué nos dice el hallazgo del balneario donde iban las mujeres judías, radicadas o nacidas en Coro ya en el siglo XVIII, para hacer su inmersión mensual de dos o tres horas.
Qué nos dice ese tajo en la tierra donde reposan los huesos de los indígenas que habitaron ese lugar mucho antes. Qué nos dice esa coincidencia en la tierra que nos ha recibido a todos, que nos ha alimentado, nos ha aliviado, nos ha dado una nacionalidad, un paisaje, un clima y una luz que marca nuestros recuerdos con una determinada tonalidad y tibieza.
Algo tiene que significar el hecho de que estén juntos, confundidos, amarrados, los restos de la cultura material de los judíos de Venezuela y de los más antiguos habitantes del territorio.
Si los sonidos se conservaran, así como perduran las edificaciones, las monedas y los fragmentos de mayólica, podríamos escuchar los oraciones de las mujeres que se enjabonaban morosamente en la mikve de Coro, trenzadas con los cantos de las mujeres que siglos antes completaban esas ceremonias de higiene que, según ha documentado Pedro Cunill Grau, eran igual de minuciosas en las comunidades indígenas que sedujeron a los europeos por el dulce aroma que emanaba de sus cuerpos.
Ni el tiempo ni las jerarquías de los hombres las han desunido.
Ninguna partición ha logrado separarlas. Es como si la tierra donde alguna vez hemos desenredado el cabello, limado durezas y frotado la piel hasta enrojecerla, nos mantuviera juntos por los siglos.
A los pocos meses ver la luz el baño judío y las osamentas indígenas, aparecidos en un puñado de metros cuadrados en el occidente de Venezuela, se produce un primer intento de diálogo entre fuerzas conscientes de que estamos condenados a la mutua cooperación, al entendimiento y la coincidencia en el terreno del respeto.
Finalmente, cuando vengan los arqueólogos con sus palas y sus pinceles encontrarán los rastros de las lágrimas de todos, algunos platos, quizá unos cuadernos garrapateados con el castellano de Venezuela. Y no seremos más que una veta donde todos habremos sido regados por agua de lluvia de nuestro cielo.

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